Amor a la humanidad: la respuesta que dudo y vuelvo a encontrar
¿Qué es para ti la filantropía?
Me pregunta Gilberto en una entrevista. La fundación comunitaria del Estado, Comunidar, cumplirá 15 años y me piden ser parte de su storytelling.
Contar historias, lo traduje al español, sin decírselo. Busqué un momento en el que el lenguaje transmitiera memoria, valores, pertenencia y me encontré a mi hijo leyéndole un cuento a su propia hija antes de dormir, como lo hice yo con él, a mi familia contando el día alrededor del fuego en el rancho. Pero también lo encuentro en el mercado intentando dar a conocer un producto, o en la política, o la ciencia, incluso en las redes sociales. Sé que el concepto de construir una narrativa se ha desbordado de la cercanía y el destinatario deja de ser ese alguien como ese hijo o esos amigos, y se vuelve una audiencia muchas veces desconocida. Su alcance crece y es que somos lenguaje. Esto del storytelling nos va bien como humanidad. La certeza de que todos tenemos una historia que contar me regresa a la pregunta de Gilberto.
¿Qué es para ti la filantropía?
¿Y si tuviera que hacer un storytelling con ella para promoverla como a un producto en el mercado, como una idea en las redes sociales, como una charla TED? Tal vez empezaría por conectarme desde mi persona con eso que nos ha dado por llamar humanidad.
Soy. Tengo una vocación personal, mi proyecto de vida: escribo, me dedico a la filantropía y cuido de mi familia. Me gusta leer, meditar y tiempos de soledad, pero también me gusta escaparme con mi marido a cenar o pasear, celebrar con los amigos. Lo mismo disfruto las reflexiones en el club de lectura como las del sector social. Hablamos de sueños y logros, también de impotencias y desafíos de nuestra condición humana, eso también forma parte de mi storytelling.
Reconozco que soy sola pero también soy con los demás. Todos lo somos, mira nada más cómo nos buscamos en las redes sociales, cómo nos perseguimos unos a otros desde un celular, una tablet o computadora en tiempos de lo digital. ¿Es esto parte de la naturaleza humana? Somos personas solas, pero a la vez comunitarias. Pues, sí. Lo somos. Entonces, ¿por qué nos estorbamos unos a otros?
Me hago a un lado, dejo esa historia personal y me conecto con la definición oficial de la filantropía para contestar la pregunta de Gilberto: amor a la humanidad, eso es la filantropía, contesto. Lo afirmo como cuando levantaba la mano porque pensaba que tenía la respuesta correcta en cuarto de primaria, con esa misma seguridad automática con la que se recita la capital de un país, digo: Philos, amor. Ánthropos, ser humano. Dos palabras griegas que se juntaron hace casi 2,500 años para nombrar algo que yo repetía igual que un montón de personas antes que yo, igual que un buscador de IA. Y me encantó, porque confieso que me apropié de esa satisfacción de niña que ha estudiado la lección. La memoricé en algún momento de la vida y la solté así, sin más, tan pronto como la saqué del archivo empolvado del tiempo, que aún hace eco en el hoy.
¿Quién en nuestra historia encontraría un título así para el storytelling de un oficio que cuida, acompaña y lucha por construir humanidad? Me parece extraordinario. Me asombro de la sabiduría de esta frase, de su belleza simple, pero también la cuestiono. ¿Es el amor a la humanidad parte del ADN humano, existe una vocación a ser con otros sin renunciar a ser lo que somos? ¿Cómo se es humano en el mundo?
Dudo.
¿Y los desacuerdos en las familias? ¿En los países? ¿Las violencias estructurales? ¿El sistema patriarcal? ¿La avaricia y la envidia? ¿Los celos y el miedo? Eso también es humano... Mmmm, no lo sé. ¿Qué crees tú? —le pregunto a Gilberto—. Intuyo que es el ego asustado que grita tan fuerte que no deja que la voz de lo colectivo resuene en el mundo. Un ego tan mío como de todos. Un ego que no es del todo negativo pero que entorpece la relación con los demás.
Entonces me acuerdo de lo que pasa por el corazón cuando hacemos filantropía, a la que llamo construir humanidad en mi propio storytelling, y reconozco, como conocer por segunda o tercera vez, o por siete veces siete, que el amor por la humanidad sin renunciar al amor de uno mismo me regala una alegría serena, aunque camine en las arenas movedizas de la desigualdad de oportunidades, de la indiferencia y de la falta de voluntad para construir sociedades de cuidado y de paz. Es entonces que pasan imágenes en el storytelling de las vivencias en el campo social como un carrusel de Instagram: el niño en silla de ruedas, el primer graduado de su familia lanzando el birrete al aire, el anciano perdido en la calle, el padre haciendo tarea con el hijo, una mujer emprendiendo un negocio de velas.
¿Qué es la filantropía? Ese alguien lejano y sabio en la historia griega tiene razón, y la niña en mí responde con la seguridad de la tarea bien hecha: amor a la humanidad.
Hoy, si alguien me pidiera una definición menos poética, le diría —porque estamos en una entrevista— que es una actitud solidaria y desinteresada hacia los demás, especialmente hacia quienes viven una situación de vulnerabilidad. Pero ya no contesta la niña. Contesta la mujer que ha caminado las dudas, que ha visto de cerca las violencias estructurales, la falta de oportunidades, los caminos que a tantos les han sido negados por no poder elegir con libertad el rumbo de su propia vida.
La niña memorizó una respuesta. La mujer la ha vivido.
Y aun así, al final, las dos dicen lo mismo: amor a la humanidad.

