El colibrí que no era mío
Hay libros que se escriben y libros que, después de escritos, siguen escribiéndose en la vida de quien los lee. Voces del silencio me ha regalado esa sensación, especialmente con el colibrí.
No fue un plan. Nunca decidí que el colibrí fuera un símbolo. Se convirtió en uno.
En una novela se planean muchas cosas, se toman decisiones como quién cuenta la historia; cómo fluye el tiempo, en dónde se detiene y en qué momento avanza, por ejemplo. También se decide quién es el protagonista y en qué época vive.
Con el colibrí no fue así, a esa ave de vuelo improbable la eligieron ustedes, lectores. Porque ni él ni yo imaginamos que estaría en la portada de la novela volando entre cazuelas, montañas, ajos, orégano y flores de anacahuita.
Lo que sé es que el colibrí voló de mis páginas para seguirse escribiendo desde sus miradas. Y desde entonces, no ha dejado de regresar a mí.
La UdeM me regaló uno de cerámica.
Mi prima Nora, otro..
Mi hija Lucy, me dio uno de cuarzo que sostiene su vuelo imposible en un largo tallo metálico.
Mi amiga Consuelo me entregó una pulsera con el colibrí volando libre entre la cadena.
Otras amigas me sorprendieron con uno de origami saliendo de las páginas.
Y en mi club de lectura, la misma Alicia Canales quien había creado la portada de la novela, meses después vistió la mesa de la merienda con cazuelas, chiles, anacahuitas y colocó un colibrí tejido en cada lugar, para que cada lectora se lo llevara a su casa.
Todos con las alas abiertas. Todos a medio vuelo.
Seis colibríes de materiales tan distintos me traen un solo mensaje: no se quedó entre mis páginas, vuela hacía quienes leen.
El colibrí tiene un vuelo imposible, se dice. No debería poder volar, se dice.
Y, sin embargo, vuela: sus alas pueden batir decenas de veces por segundo; puede volar hacia atrás y permanecer suspendido en el aire, mientras su diminuto corazón alcanza los mil doscientos latidos por minuto.
¿Como el de Ana María?
¿Es esa su conexión sagrada que escuchas en Voces del silencio?
Aparece en el sueño de Ana María. No entra a su vida, sino que la invita a salir de ella, ser libre… ¿feliz?
“...esa historia representa tu propia liberación desde la seguridad de una colcha de lana hacia la desconocida promesa de un colibrí.”
¿Será por ese anhelo de libertad que descubres al colibrí y me lo regresas nuevo?
La colcha de lana es lo conocido, lo tejido por generaciones de mujeres, la seguridad de un lugar y un destino ya decidido. El colibrí es lo contrario: ligero, incierto, imposible de asir. Ana María no elige entre quedarse y partir; elige entre una certeza pesada y la promesa ligera que vuela hacia lo improbable pero posible.
Entonces su corazón se acelera —late tan aprisa como el del colibrí; me despierta con sus latidos que duelen como golpes de muerte— no es solo metáfora, es también lo que le ocurre a un colibrí cada vez que vuela.
Lo que me asombra es que el colibrí siempre estuvo ahí, antes de la novela y después de ella, sin que yo hubiera planeado su destino. Ahora los veo en mis ventanas, entre mis flores: sobre los agapantos blancos en mayo y junio, sobre los geranios rojos en julio, sobre los lirios naranja en agosto, incluso entre las magnolias blancas el resto del año.
No sé si el colibrí llegó primero a mi jardín o a mi novela. Lo que sí sé es que ahora no puedo mirar a uno sin pensar en Ana María. La reconozco en él como ella al colibrí en su sueño.
Y también pienso en todas las mujeres que, como ella, aprendieron a volar con una voz propia entre los silencios de quienes solo supieron escuchar el vuelo repetido de otras aves.
Ahora sé que el colibrí que escribí no es mío. Si está en las páginas, es solo para salir de ellas a encontrar sus miradas que reconocen su maravilloso vuelo.

